Historia de paciente: Ivan, 37

Historia de paciente: Jakob, 28

"Sabía que la gente me miraba y veía a alguien viviendo su sueño. Era un tipo joven y el deporte era mi vida. Sabía que tenía suerte, pero eso me hizo sentir más fracasado. Era como que no tenía derecho a ser infeliz ni a estar deprimido. Tenía todo lo que quería y seguía sin sentir nada. Simplemente vacío. Como si no quedara luz. No podía decir nada a los chicos del equipo. Estaba demasiado preocupado por lo que pensarían de mí. No quería hundirlos.

Pero empecé a faltar a entrenamientos. No podía ir. Y mi cuerpo se sentía muy pesado, a veces durante días no podía levantarme de la cama. ¿Qué sentido tenía? Finalmente, hubo un día en que no pude jugar. Me quedé en mi habitación, sudando y agitado. Todavía recuerdo ese sonido tan fuerte del corazón en mi pecho, como si estuviera golpeando, y me preguntaba si eso es lo que se siente al morir. Lo aterrador es que no me importaba, esperaba que sucediera. Pensé que al menos todos me perdonarían por no ser lo suficientemente bueno.

Mi tío fue quien me encontró solo en mi habitación, y nunca olvidaré ese momento. Me dio un abrazo. Es cuando lloré. Entonces me di cuenta de que la gente quiere ayudar, quiere estar ahí para ti. Pero tienes que hablar con ellos. Tienes que pedir ayuda.

La vida sigue con altibajos, pero ahora sé que las cosas pueden ir bien. Trato de seguir una rutina y cuidarme. Ya no me avergüenza necesitar ayuda para encontrar mi equilibrio, ya sea con medicación o con tiempo para hablar de las cosas. Y estoy empezando a hacer deporte otra vez. El ejercicio es bueno: mi mente se calma y dejo que mi cuerpo haga lo mismo. Ahora juego de manera social porque lo que más me gusta es estar con la gente, disfrutar de algo juntos, como equipo".

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